Visitas de viciosill@s

Pasión Anónima

Pasión Anónima

Andrómeda

Andrómeda

Lafanny

Lafanny

Arácnida

Arácnida

Chantilly

Chantilly

Nocilla_Light

Nocilla_Light

REMedios

REMedios

Seguidores

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Encantados en el bosque



La bruja Mandarina vivía en el bosque tan tranquila hasta que se cepilló a un viajero. En el Aquelarre de la Floresta, decidieron los sabios y sabias con más antigüedad, que como castigo a su osadía, solo recuperaría sus formas perfectas cuando su pareja tuviera los ojos vendados con una tela de seda.

Mandarina se veía en el espejo fea y vieja, con la edad que tenía en realidad, casi mil años. Pero explicaba a sus parejas, caminantes que paraban a descansar en su casa, que su nieta estaba todo el día sola con ella, y lo que quería era conocer un varón fuerte, o cualquier característica que ella viera en el caminante, hasta que le convencía. Después pretextando la timidez e inocencia de la niña, obligaba al forastero, ya relamiéndose de su suerte, a tener los ojos vendados.

En el momento en que la bruja comenzaba a excitarse, se transformaba en una mujer bella, de las formas y volúmenes que el viajero soñaba; se volvía la mujer de sus sueños. Algunas veces con pechos de ama de cría y culo pequeño, otras al contrario, pechos de muñeca y caderas y nalgas de culona. En ocasiones se comportaba como una leona ávida de sexo y otras como una mujer tímida y sumisa. Normalmente lo contrario de lo que el viajero ya conocía, y este quedaba maravillado con su actuación. En la región pronto se corrió la voz – con perdón – de que en el bosque, había mujeres que satisfacían a quienes las visitaran.

A Mandarina le encantaban tantos encuentros, pues era un poco… promiscua, digamos. Un día le llamaron del aquelarre para decirle que los lugareños estaban perdiendo el miedo a la espesura y que tantas visitas – Mandarina tenía tela – perturbaban el silencio natural que necesitaban los habitantes del bosque para vivir tranquilos. Le urgieron a que tomara medidas.

Mandarina convirtió su casa en invisible a los ojos de los mortales, e hizo saber a los forasteros, que solo encontrarían su casa si en silencio y en soledad, se dieran placer a ellos mismos repitiendo el nombre de la bruja, y que ella los encontraría. El hada solo hacía visible su casa cuando el explorador tenía unas medidas especiales, si no, los dejaba pelarse hasta que perdían su fuerza y volvían otro día echando de menos los placeres que allí habían encontrado.

Los ruidos y las molestias cesaron en el bosque, pero empezaron a brotar unas flores nuevas que llamaron E s p e r m i r i n a s, y aumentó muchísimo el voyerismo en la zona.

REMedioss

martes, 13 de agosto de 2013

Sucedió en el metro


Sucedió en el metro. La misma estación, el mismo horario. Ella llevaba un vestido corto, pelo suelto, perfume cacharel en el cuello. Él lucía unos vaqueros ceñidos y camisa blanca. Al principio se miraban, como suele suceder a menudo. A ella le entraban pájaros en el estómago cuando él se sentaba a su lado. Un día, la mano de él se atrevió a acariciar el muslo desnudo de ella. Lo suficiente para abrir más las piernas, pensó ella. Cerró los ojos para no enfrentarse a las curiosas miradas de los viajeros. Pronto llegarían a su destino. “¿Te bajas conmigo en la próxima parada? Le preguntó él muy bajito. Ella asintió.

Una habitación de un hostal perteneciente a la estación. Enseguida se comieron la boca. Él la desvistió como si fuese a acabarse el mundo. Ella arqueaba la cabeza hacia atrás, sonriendo satisfecha. Había obtenido su premio. Desnudos y ansiosos probaron posturas que habrían imaginado. “No hemos terminado” dijo él tras varios orgasmos. Decidieron quedarse un día más. Minutos que palpitaban sobre la carne caliente y sensible, las horas perdidas. Ella chupó con placer el glande, dejando caer suficiente saliva sobre las comisuras. Le excitaba oír los gemidos de su amante. Él levantaba la pelvis para que su pene entrase entero en la boca de ella. Ella jugó con la lengua, deteniéndose ante todo en el frenillo. Después se le inundaba la boca con su eyaculación. Las sábanas húmedas, olor a sexo. Recordarán siempre aquella habitación. Él acaricia los senos de ella, primero con los dedos, pellizcándolos, después recorre la lengua sobre ellos. Ella gime más fuerte, araña la espalda de él.

Le pide que  le diga que es una puta, que hará lo que él desea, porque es su amo. Se gritan, se insultan, se muerden. Marcas rojas de pasión en los muslos y cachetes. La penetra, incansablemente, mirándola, deteniéndose en sus ojos, gritándole que lo haga más fuerte, hasta que hagan doler las paredes. Exhaustos y sudados se abandonan, descansan.

La despedida suma una cadena de orgasmos. Cuando salen de la habitación hay quienes les miran con desdén. Se ríen, saben el motivo. Los gritos de ella, los de él, gritos de lobos. Se despiden con una sonrisa, como si nada hubiese ocurrido. Cada uno coge un destino diferente. Ella siente como su zona íntima palpita de deseo, dolor. Le ha gustado, merecía la pena. 

Arácnida.

lunes, 8 de julio de 2013

Cuestión de números



Hay un hombre que mira con lujuria cuando vuelvo de la compra, es mayor que yo, pero creo que servirá. Llevo toda la semana pasada haciéndome la encontradiza. Ayer me contó que trabajaba en un centro comercial, en el turno de noche. Intentando calentarme, me cuenta que por las noches hay mucho ambiente de folleteo en esos sitios, donde siempre hay limpiadoras, reponedores y otros profesionales que trabajan mientras los demás dormimos. En broma le he dicho que seguro que allí se podía hacer un sesenta y ocho, pensando que conocería el chiste. No lo conocía, pero se ha mostrado interesado, al estar tan cerca del número mágico. Entre bromas, le he dicho que si quería yo se lo podía enseñar.

Hoy he quedado en ir a buscarle. Cuando he llegado ya estaba en la puerta, me ha metido dentro, para enseñarme la habitación de seguridad. Le he preguntado que si desde allí tiene el control de todas las dependencias, pero todas, recalco, y dice: bueno de casi todas. Algunas por que las cámaras están estropeadas o mal orientadas y son aprovechadas por los trabajadores y trabajadoras nocturnas. Ya sabes… ­-me dice. En este punto me hago la excitada y le recuerdo lo de nuestro número, cosa que el tenía en la memoria y en otro sitio visible. Me lleva a un pequeño almacén de limpieza donde hay  trapos y mucho papel de manos. Le pido que se siente en el suelo y que me de unos besitos, primero alrededor y luego en mi clítoris que imploraba ser lamido. No sabía yo que una lengua se podía poner tan ancha. El caso es que ver a ese señor de la calle, entre mis piernas, lamiendo tres cuartas partes de mi vagina de cada lametón, me ha hecho perder el equilibrio y he tenido que agarrarme a las balas de papel, y un minuto después morderlas como si fuera el miembro de aquel señor, para tratar de evitar mis gemidos, que en ese momento eran incontrolados. No he hecho grandes aspavientos, para que siguiera comiéndome. Así varias veces.
Luego le he dicho, mientras salía del almacén: un sesenta y ocho es esto. Tú me lo chupas y te debo una.

REMedioss

jueves, 7 de marzo de 2013

Voy a cerrar los ojos




Quería tenerte desde tu superficie hacia dentro. Comencé a andarte con mi mano. Tu piel flexible se acomodaba a mi presión.

Empecé mi camino por tu cabeza, buscando tu cuero cabelludo y masajeándolo suavemente. Acaricié tus laterales, centrando tu mirada sobre mis ojos encendidos. Dejé tu boca, para verla, sin hacerle caso aparentemente.

Mimé tu nuca, tu cuello y tus hombros. Recorrí el límite de tu pecho, solo tratando de acomodarte a mi estado. Tocar sin llegar. Tus ojos permanecían mirándome.
Visité tu vientre con forma de mujer, con su hoyito suave. De ahí me dirigí a los muslos, a la unión del cuerpo con las piernas, ese sitio de carne indefensa, donde clavé mis dedos...

Voy a cerrar los ojos y a abrir las piernas, dijiste.

REMedios

jueves, 28 de febrero de 2013

Lulú









A Lulú le gustaba usar la lengua en cualquier circunstancia. Era una universitaria muy observada por los chicos. Olía siempre a vainilla y orégano, tenía los labios grandes y malcriados. Su nariz respingona recordaba a un botón peligroso que podría olfatear los escondidos olores del sexo. Coincidíamos en varias clases, llevaba la falda muy corta, dejaba a mi vista sus piernas esbeltas y bien formadas. Su descaro acarreaba la envidia de las otras chicas que también intentaban ser el centro de atención, pero ninguna podía compararse con Lulú.


Me costaba relacionarme con los demás. El único escape que me permitía era sentarme frente al ordenador para ver porno. Lo sé, suena descabellado, siempre he sido una chica inusual. Pero el porno representaba para mí, la obra ansiada que deseaba vivir en algún momento de mi vida. Lo que imagináis es cierto, soy virgen. Jamás he salido con nadie y tampoco he pretendido hacerlo.


No soy homosexual, me siento atraída por varones con gafas de pasta gruesa, pelo engominado y con las narices metidas en páginas de libros de filosofía. Sin embargo había algo en Lulú que me descolocaba. Su olor a vainilla y orégano, sus dientes blancos y perfectos, o su mirada lasciva. Lulú tenía una preciosa melena azabache. Sentía deseos de acariciarle el pelo, emanaba un brillo inigualable. Fantaseaba todas las noches con la imagen de Lulú, quitándome las bragas con su sonrisa lobuna, y acariciando con frenesí mi sexo. Sentada a escasos metros de ella, podía olerla, y me excitaba inexplicablemente. No quiero decir que sea perfecta, ni mucho menos. Lulú tiene defectos, sus uñas mordidas y atrofiadas, las rodillas huesudas y manchadas de césped, su voz grave y grosera.


Mi primera intimidad sexual con ella fue en los servicios del lavabo. Estaba sentada en el suelo, con las piernas abiertas, dejando ver su tanga rojo. Fumaba un porro y cuando me vio entrar no se dignó a cambiar de postura. La saludé tímidamente sin obtener respuesta y lavé con agua bastante fría, mi rubor. La oí reír bajito y por el rabillo del ojo vi que se levantaba y aplastaba el porro con su zapatilla rosa. Me excité cuando Lulú palmeó mi culo y metió su mano por mi falda. No intenté pararla, pues había provocado en mí una deliciosa excitación. Permití que sus dedos buscaran mi vagina para después pasarlos por mi clítoris. Aferré mis manos en el grifo y arqueé el culo hacia ella ofreciéndome, dándole a entender que aquello me agradaba. Cerré los ojos y oí su gemido mientras me masturbaba con su mano. Mordí mis labios, provocándome un hilillo de sangre. Lulú era una experta en el sexo, lo manifestaba en el ritmo apasionado que me ofrecía. Cuando llegué al orgasmo vi a través del espejo a Lulú detrás, acercando su sexo a mi culo y frotándose con él. Contemplé sus ojos blancos de placer, y sus labios entreabiertos dejando escapar alaridos. Podrían habernos pillado in fraganti, aquello nos excitaba aún más. Tuvimos suerte. Nadie entró. Lulú clavó las uñas en mis tetas cuando llegó al orgasmo. Como postre final, metió su lengua en mi boca y nos besamos con ímpetu.


Cuando separó su boca de la mía, mi saliva escapaba de mi labio inferior, y ella lo rescató con un lengüetazo. No nos dijimos nada y cada una volvió a su clase correspondiente. Fue la primera y la última vez que experimenté sexo con ella. Cuando la veo contoneando las caderas y pasando a mi lado con una sonrisa, pienso que la muy descarada disfruta siendo inalcanzable para quienes deseamos poseerla.


Arácnida.

lunes, 15 de octubre de 2012

Hambre de ti




A ti te gustaba el sonido de los grajos volando por nuestras cabezas y el meneo de mi falda al viento. Yo adoraba el sonido de tus palabras, que tejían tus labios y escupían ese sabor que añoraba adherir a mi lengua. Adoraba el baile de tus pupilas cuando descubrían las mías y hacían sentirme la protagonista de tu suspense; aquel que tecleabas en tu intimidad cuando yo ofrecía los despojos tiernos e insaciados de mi carne, una epidermis que era como pétalos frágiles y húmedos que se abrían extasiados ante tus caricias y deseo caníbal. Deseaba sentir tus incisivos clavándose despacito en la curva de mi cuello. Te esperaba con la máxima lujuria, provocando el incesante latido de tu miembro escondido en tus pantalones y que mis manos ¡oh, esas condenadas manijas cuadradas que te buscaban hambrientas y traviesas! Rajaban tu cremallera para frotarte.

Podría haber roto la puerta de las inconveniencias, entregarte mi majestuosidad joven, carnal. Escuchaba alerta tus pasos subiendo y bajando peldaños, advirtiendo que en cualquier momento me tomarías en ti y que esta vez yo no tendría por qué tener miedo. Éramos dos piezas contraídas y neófitas que deseaban aprenderse, jugar, perder para volver a reanudar las batallas vencidas.

Esta noche que se presenta hambruna, te espero en la esquina de tu quehacer laboral. Hay un corazón sediento que apuñala el tejido del jersey. ¿Lo escuchas? Conoces los sonidos de una mujer. Y son mis jadeos los que hacen temblar tus pies y el bulto tentador que yace apretado en tus muslos. 

Arácnida.

viernes, 5 de octubre de 2012

Flor en el mantel


Cuando Berni comenzaba a morder el pico de una servilleta de papel, todos los chicos  se ponían nerviosos. Lo hacía a la puerta del cine, un rato antes de que comenzara la película. Se regodeaba, tenía una parsimonia que exasperaba. Yo había vuelto al pueblo de vacaciones como todos los años, y noté algo extraño en el comportamiento de mis amigos.

Era un momento de tensión, porque Berni (siempre había sido Bernarda, la del cine, pero desde que volvió de la capital…, se trajo el nombre y las servilletas) no engañaba a nadie, y a cambio de su acción, solo recibía tibias quejas de las demás chicas del pueblo.

Era la hija de Bogart –llamado así, porque aparte de ser el dueño de la sala, le encantaban las películas de ese actor, y siempre que podía le imitaba en ropa, gestos o expresiones, aunque en español, claro– y conocía el cine y su escenario como nadie.

Los chicos nos poníamos atrás, debajo de la máquina, que aunque hacía algo de ruido, era donde se podía hablar sin molestar a nadie. Las chicas del pueblo entraban y salían de la sala durante la película, era un cine familiar; como si estuviéramos en el salón de nuestra casa.

El Nodo servía para situarnos, y ver quienes habíamos ido ese domingo al cine, bromear y comentar los trajes que llevaban las chicas, que de tanto entrar y salir, creo que se enteraban de la película menos que nosotros, y nos servían para hacer un cambio en la conversación, y pasar de una a otra.

Poco después de que empezara la película, Berni aparecía y le decía al que estuviera en el asiento del pasillo: –dile a fulanito que venga al confesionario dentro de cinco minutos, que tengo que hablar con él.

Obedientes pasábamos la voz y el fulanito elegido, pasado un momento, salía al pasillo y se sentaba en la última butaca del fondo. Empezaba a hablar en voz baja, cerca de la pared, y después de un rato de estar inmóvil, el fulanito volvía y se sentaba en su sitio, y decía que  quería hablar con otro, y así casi todos.

Nadie decía nada de lo que hablaban en el confesionario, había un pacto de silencio. Tanto compañerismo despertó mi curiosidad. Una vez que me crucé con Berni en el pueblo, le dije que quería hablar con ella, como los demás y me dijo que me llamaría al domingo siguiente.

Así fue, me llamó el tercero, y cuando Berni apareció, empezó a preguntarme cosas privadas, cosas que ni siquiera sabían mis amigos, pero me dijo que aquello era como una confesión, que yo no debía de decir nada, y que ella tampoco lo haría. Me siguió preguntando cosas que hicieron que me pusiera muy excitado, y cuando estaba decidido a contarle lo que me preguntara, desapareció.

Me había dicho que no me moviera y que no mirara hacia abajo. Me dejó sentado esperando como a todos. En menos de un minuto noté que de la pared salía una mano con una de sus servilletas.

Comenzó una hábil manipulación, y pude comprobar, al romper yo mismo el papel con mi cuerpo, para qué servían las famosas servilletas. Aquello parecía una flor sobre un mantel. No conocía suficientemente sus manos, aunque no me parecieron las suyas. Pero me mantuve todo lo quieto que pude, y cuando no pude, también, por no traicionar su confianza.

Cuando me recuperé de aquel trance y logré recomponerme, me dijo desde detrás de la pared, que llamara a menganito. Fui y di el recado. Me excusé, y decidí volver a casa. Al salir vi a Berni en la puerta del cine hablando con algunas chicas del pueblo.
REMedios