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domingo, 2 de marzo de 2014
Envuelta en deseos.
Nadie podia vernos. Eso nos daba más morbo. Me senté en el capó con las manos sudadas y mi falda extremadamente corta, tela fina, de volante. Por mi nuca sentía el débil aliento de Lucas y en mi brazo izquierdo el roce de Tomy. Sentí como se erizaba mi piel. Y noté una ligera humedad entre mis piernas.
De pronto, lucas acercó más los labios en mi oreja y lamió con suavidad el lóbulo. Gruñi de placer y arqueé el cuello hacia atrás. Tomy por su parte deslizó su mano por mis muslos y acarició con descaro mi sexo, que palpitaba húmedo contra la tela de las bragas.
- Estate quietecita. Si gritas, nos oirán.
Se refería a una fiesta que daba una conmemoración de jóvenes en la playa. Alcohol, sexo y drogas, lo común. Nosotros decidimos aventurarnos a observar desde la montaña aparcamos en un sitio decente, no muy repleto de árboles. Podían oírnos, porque la montaña estaba situada a escasos metros de dónde estaban los jóvenes, pero no podían presenciar nuestros juegos sexuales. Lucas recorrió con su lengua cálida la curva de mi cuello y me hizo estremecer de placer. Era fácil hacerme excitar, con un solo roce o beso, ya estaba caliente. Por supuesto, eso les encantaba a Tomy y Lucas, que ya puestos, he de deciros que son mis dos mejores amigos y amantes. Lucas tenia una frente amplia y cuando fruncia el ceño surcaban algunas arrugas. Tenia los ojos grandes y pardos y el pelo corto y encrespado. Tomy reflejaba un ángulo perfecto y atractivo en su cara, ojos achinados y expresivos, pintados de azul mar, dientes ladinos y alineados y un hoyuelo en la barbilla. Me encantaba pasar mi mano por su cara, porque parecía cera.
Y allí estaba yo, rodeada de dos atractivos jóvenes que eran mis amantes y dispuestos a darme todo el placer que yo rogaba. Lucas sabia jugar con la lengua, tomy sabia follarme con la mano. Aquella noche mientras las estrellas fulguraban sobre un cielo límpido, nos acariciamos despacio, ebrios y dispuestos a darnos todo. Terminé con el cuello chorreando por la saliva de Lucas y mi clítoris henchido de placer por la masturbación de Lucas.
Arácnida.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Una proposición sugerente
Encontré
una nota debajo de mi puerta. En ella decía: “Una noche contigo”. Consternada,
entré en casa. Me quité el abrigo, lo dejé en el respaldo de la silla. Indagué por
las habitaciones por si algún loco había entrado. Al ver que todo estaba en
orden, miré por la ventana. El vecino de enfrente- al cual había pillado varias
veces mirándome- tenía la cortina color lavanda echada. A veces coincidíamos en
la calle, siempre que cruzaba frente a su portal, lo encontraba saliendo al
mismo tiempo. Si iba a la panadería o al supermercado, también él estaba allí. Con
la nota en las manos, me pregunté si era él quién lo había escrito. Tenia la
mala costumbre de dejar la cortina descorrida antes de irme a dormir, por lo
que no era extraño que muchas veces él me pillara en ropa interior, caminando
por el salón. Aquello me asustaba, pero me excitaba. No era un chico
desarreglado, más bien era un chico normal con camisa y vaqueros y que le
gustaba fumar después de cada comida. También le espiaba a él. Alguna que otra
vez lo ví en calzoncillos. Tiré la nota a la basura.
Ya entrada
la noche, volví a encontrar otra nota bajo mi puerta. Esta vez decía “A las
once y media te espero frente a tu ventana”. Era obvio que se trataba de él. Aquello
me incitaba a pensar que era un juego tal vez peligroso, dado que no le conocía
lo suficiente, pero al mismo tiempo mi yo interior suplicaba nuevas aventuras. Sin
vacilar, me di un baño, puse velas en el salón, me recogí el cabello y me puse
un vestido cómodo pero sugerente. A las once y media tal como había dicho, él
descorrió la cortina. Estaba desnudo y me miraba con intensidad. No nos dijimos
nada, ni tan siquiera un saludo. Concentrada en ese instante, me desnudé yo
también, lentamente, sin dejar de mirarle. Mis manos recorrieron mi cuerpo
sediento de placer. Él me miraba de arriba abajo, haciéndome suya. Me acaricié,
me pellizqué los pezones, mordí mi labio inferior. Él se llevó la mano a su
pene y lo frotó. Al llegar a mi sexo yo ya estaba húmeda. Introduje dos dedos
en mi vagina, el contacto blando y caliente provocó una vibración desmesurada. Él
se frotó con más fuerza, su pene erecto rogaba por mí. ¿Qué pasaría después de todo aquello? No pude evitar preguntarme. Sus labios se entreabrían,
puso la mano en el cristal de su ventana, yo puse también la mía en mi ventana.
Empecé a notar como un cosquilleo intenso recorría todas las partes de mi
cuerpo, paralizando mis piernas. Nos corrimos al mismo tiempo. Su semen se
escurría por el cristal. Nos sonreímos, temblaban mis labios. Después de
aquello, vinieron más notas, todas ellas de color lavanda. Algunas rogaban
repetir la experiencia, otras citaban encuentros. Le di una de cal y otra de
arena. Ahora se ha convertido en un excitante juego.
Arácnida.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Plena en el mar
Tengo un
cuerpo perfecto, por eso hago topless en la playa. Primero desde el paseo
marítimo, observo donde hay más gente, luego busco por si alguna fresca se me
ha adelantado, y cuando encuentro el sitio perfecto me instalo. El mejor sitio
es un lugar donde haya varios hombres juntos, aunque haya lagartas cerca, y
busco también el segundo mejor cuerpo de la playa y me pongo cerca a hacer
sombra. Los hombres, bien nadando, bien jugando a la pelotita, se acercan
disimuladamente.
Una vez establecidas las posiciones y habiendo marcado mi
territorio, comienzo a desnudarme, me doy crema – aunque dicen que es mejor
dársela media hora antes de llegar a la playa— con suaves y delicados
movimientos en mi cuerpo, y luego haciendo como que no me fijo, observo mi
impacto en el ambiente. A veces espero y tomo un poco el sol, pero otras, según
la urgencia de quien me mire, mojo mi bañador, que se pega a mi piel y dejo que
me observen sin mirar a nadie, para que se sientan libres de mirarme.
Un día me fui
a la playa más famosa. Pensé que en agosto y con la cantidad de gente que
había, me sería fácil despertar admiración, pero no fue así. Al ver que no producía
suficiente asombro, me fui a una playa nudista cercana. La gente hace como que
no te mira en estos sitios, pero yo sé que disfrutan más que en una playa
textil. Los y las nudistas son más libres. Hay menos bañistas, pero es más
fácil el contacto.
Cuando llegué
me puse en un lugar un poco apartado. Después del ritual de la crema me puse,
en la orilla de pie, como un faro de perfección a mirar el mar. Pasó un hombre
andando y me dijo algo. Le dije: perdone caballero, pero no le he oído. Se
volvió y me repitió el comentario sobre el buen día que teníamos. Para que no se me escapara, me hice la nueva
en la playa, la extranjera, la tonta, la necesitada, y por fin la salvada de un
día de aburrimiento.
El hombre era
la avanzadilla de un grupo de amigos que llegaron en seguida. Me rodearon, y
entonces si me sentí en mi salsa, --en los dos sentidos: en mi ambiente, y noté
como empezaba a ponerme contenta --. Entre bromas nos metimos en el agua, y en
la claridad del mar y la oscuridad de las olas, me fui presentando y saludando uno
a uno al grupo de amigos. No tuve que volver a nadar, aunque el agua me llegaba
al cuello. Me contaron que ya me habían visto otros días, y me fueron pasando,
de uno a otro, mientras me regalaban el oído, y mi cuerpo recibía embestidas al
menos desde dos lados, mientras yo me agarraba donde podía.
Nunca ha
estado tan tapada y tan contenta, no dejaba de tener convulsiones, hasta que
empezaron a aparearse entre ellos. Quiero decir a ponerse por parejas, y jugar,
a algo que yo no veía. Al final me quedé sola.
Volví a la
orilla, y mientras los veía alejarse pensé: no he entendido el final, pero
tengo que digerir lo que me han dado.
REMedioss
Otro amor
Cuando cumplí
los dieciocho empecé a salir con un chico de Los Grupos, una organización
tradicional que hacía las veces de guardia y custodia de jóvenes de familias
bien.
Un fin de
semana nos fuimos a la sierra. Encontramos un sitio donde había que dejar el
coche más atrás y cruzar el rio con la tienda y con todo. Estaba más lejos,
pero no había tanta gente por la noche cantando y dando la lata.
A última hora
de la tarde llegó otra pareja. En principio no me gustó, pero como tampoco
hacían mucho ruido, pasamos a ignorarnos mutuamente.
Nuestras
relaciones sexuales, en aquel entonces, se limitaban a caricias hasta conseguir
un placer limitado y culpable. Mi novio se tumbaba dentro de la tienda, sacando
medio cuerpo fuera, y yo como si no estuviera haciendo nada, le daba un masaje,
sin demasiados movimientos hasta que aquello se deshacía entre mis manos.
Después me tumbaba yo y el con delicados masajes conseguía un placer, efímero y
casi sin sentido. Aquello era la prueba de nuestro amor. Corto, cicatero y poco
satisfactorio.
La primera
tarde que apareció la pareja, esperamos a que se instalaran, y después
comenzamos nuestras manipulaciones. Cuando estaba moviendo mi mano, lo más
despacio que podía, vi al chico de la otra pareja aparecer entre los arbustos
del río. En un primer momento me paré, luego lo pensé y seguí, viendo como
disfrutaba viéndome. Comencé a hacer movimientos más exagerados, que comenzaron
a mover más mi cuerpo. Se me estaba moviendo todo y me gustaba, estaba casi
bailando frente a un hombre que se había arriesgado para verme como una mujer.
Mi novio debió notar algo, porque le noté estremecerse más de lo normal, pero
no dijo nada. Cuando me tocó a mí, dejé volar mi imaginación, y como mi novio
vio que la otra pareja no estaba, se empleó más a fondo, quizás para devolverme
el placer extra de aquella tarde. Cuando no podía más me dejé ir, imaginando
que aquel extraño me sobaba todo el cuerpo con la torpeza de la primera vez.
Me levanté,
solo con un vestido veraniego y me fui como todas las tardes por un caminito
que había sin salida, que ya habíamos explorado mi novio y yo, y allí, en la
otra parte del río me lavaba, mientras que él lo hacía aquí, por si venía
alguien. Cerca del final del camino se oían cencerros de ovejas que había en un
vallado. Yo allí me sentía segura, porque nunca había nadie.
Al levantarme
vi al chico de la otra tienda en la puerta de la suya mirando el camino. Le
sonreí. Mientras iba hacia mi zona de río pensé que eso no podía ser amor y
seguro que tampoco sexo. Al llegar donde todos los días y empezar a lavarme,
noté como me cogían de las caderas con suavidad, pero con firmeza unas manos.
Me estuve quieta y le dejé hacer. Noté como se quitaba el bañador, y con los
pies metidos en el río comenzó a meterme un sexo duro, confiado, placentero y
sin prisas comenzó a transmitirme sus sentimientos, la atracción que sentía por
mí. Me sentí deseada, querida, follada…
Cuando intentaba
cerrar un poco las piernas en mis orgasmos incontrolados, él arreciaba con sus
embestidas, hasta que no pude más y me quise retirar un poco. En ese momento se
puso a moverse como loco y no paró hasta que se vació dentro de mí, y me hizo
disfrutar una vez más sintiendo cómo palpitaba dentro de mí. Se salió con
ternura, y me dio un beso cariñoso en el culo. No miré, me lavé como pude, pues
me temblaban las piernas, y me costaba mantenerme en pie. Me dispuse a volver,
y en mitad del camino de vuelta me encontré al chico de la otra tienda, que me
preguntó: ¿dónde te has metido?
REMedioss
jueves, 24 de octubre de 2013
Olor a limpio
El olor a
jabón que estoy empezando a oler, está alterando mi equilibrio sexual. Me
vienen a la cabeza cosas…
Recuerdo que
de pequeño veía bañarse en el río a las amigas de mi hermana, que sin ser lo
suficientemente mayores, ya les gustaban las mismas cosas que a mí. En especial
a Eva, que era la que más me hacía disfrutar, sin yo saber cómo.
Puede que sea
también la imagen que tengo de cuando me lavaban las enfermeras aquellas que yo
no podía tocar, pero ellas si, y querían reanimarme por la vía rápida.
El olor a
limpieza que había en las duchas de las mujeres cuando las fregaba después de
cerrar… Quizás tenga algo que ver aquella tarde que me quedé a limpiar, y
volvió una mujer a buscar su bañador… de pronto empezó a llorar y a contarme
sus penas, y acabó enseñándome lo que tenía que hacer con mi novia, para que no
le pasara lo mismo que a ella.
A lo mejor no
tengo motivo aparente y lo que tengo es necesidad… No sé lo que será, pero es,
y me estoy poniendo…
REMedioss
martes, 15 de octubre de 2013
Marco de foto
Me gusta la
fotografía. Cuando empecé, aprendí con los más expertos. De todo profesional
que había en mi ciudad, he bebido algo. De los jóvenes la fuerza y la
desvergüenza al hacer las cosas más atrevidas. A veces con aparatos muy
sofisticados. De los que estaban en ejercicio, las modas, el gusto actual y el
conocer a más profesionales. De los jubilados la paciencia y el poso de formas
que parecían muy difíciles o imposibles, y que con técnica se pueden lograr
hacer. Por pasadas que parezcan, pueden dar mejores resultados que con métodos
actuales.
De un antiguo
historiador, que en sus buenos tiempos fue un mujeriego, aprendí a utilizar los
medios de los que dispongo, a sacarle partido a lo que realmente tengo, a
desarrollar las partes de las que puedo estar más orgullosa. A formas que yo no
les daba valor, él me enseñó a potenciar mis propios recursos, y con la
seguridad que da el saber y comprobar que se hacen las cosas bien, a pesar de
la edad. He hecho grandes y placenteros trabajos, que de otra manera, nunca
hubiera hecho.
Este viejo
profesor me introdujo en el uso de técnicas ancestrales, con ingenios ya en
desuso, pero que conociendo las técnicas con las que fueron usados en su tiempo,
tienen un gusto especial, te sientes mujer de otros tiempos. Te puede sentir
mujer libre celta cuando usas el cuero para atarte, como un juego, a los
árboles, para hacer trabajos a la vista de todo el mundo sin que te vean.
Puedes utilizar el vidrio en lugar de los sofisticados plásticos actuales, más
perfectos, pero menos satisfactorios. También la madera evoca nuevas (y
antiguas) sensaciones. Ese olor a madera recién tallada…
Aunque la
verdad, a veces, creo que no me gusta la fotografía tanto como parece. En
realidad lo que más me gusta es otra cosa.
REMedioss
jueves, 19 de septiembre de 2013
La Dormida
Ya estaban un
poco grandes para salir al campo, pero para recordar otros tiempos, decidieron
hacer una acampada en la sierra, en un lugar al que todavía no iba mucha gente.
Las cuatro
parejas más “guais” de aquel campamento se volvían a juntar. También me
avisaron a mí, y yo sugerí llamar a mi amiga, que aunque no la conocían, me
llevaba bien con ella, y teníamos cosas en común, por ejemplo no tener pareja
conocida. Además a mi amiga le gusta comer de todo; hacía lo que fuera, con tal
de ser el centro de la reunión.
Las parejas
eran las típicas: la rubia explosiva y el guapito, la morenaza y el cachas,
luego había una pareja normal, y una de flipados de sabiduría oriental;
delgados, desgarbados y muy espirituales.
Quedamos, nos
presentamos y empezamos nuestro primer
fuego de campamento. Lo que hicimos primero fue recordar. Las chicas se
quejaban de la poca estabilidad emocional de los chicos en aquellos tiempos (no
hace mucho) y los chicos, en general, comentaron lo que habíamos cambiado las
chicas. Mientras, miraban de una manera especial a mi amiga.
En una
reunión solo de mujeres, empezamos a comentar que años atrás, más jóvenes
todas, parecía que eran ellas las guardianas de la fidelidad, pero ahora
pasados unos años, parece que lo que los chicos querían, con mi amiga, era
explorar nuevas tierras. Las damas tenían más experiencia y no sentían ya esa
obligación. Si ellos estaban dispuestos a explorar, pues exploraríamos todas.
Mi amiga se
acordó de un juego que se hace para compartir: La Dormida. Nos explicó
cómo funcionaba y todas dijeron que sí. Yo dije que aunque no tuviera pareja,
conocía secretos de mujeres que a lo mejor ellas no conocían mucho. Todas
estuvieron de acuerdo, algunas porque también les gustaba, y las otras
decidieron probar. Así que les expusimos a los chicos nuestro plan, como un
juego, y aquella noche jugaríamos todos y todas.
Dijimos a los
hombres que tendrían que hacer dos torres como de un metro y medio de alto,
separadas unos dos metros. Allí había piedras para hacerlo, y lo consiguieron.
Nosotras mientras buscamos dos troncos y los llevamos allí, los colocamos de
torre a torre y pusimos un colchón inflable encima. No les explicamos nada
hasta el atardecer. Les dijimos que las reglas eran muy estrictas, y que si
alguno se las saltaba, dejaríamos de jugar en ese momento. La Dormida iba a ser una
sorpresa. Esto puso a los chicos contentos. La nueva, decían, como para ellos.
Ella sería el centro de atención, y nosotras probaríamos, todo de todos. --Yo
me relamía pensando en probar todo de todas.
Vendamos a
los chicos los ojos con pañuelos. Si a alguno se le caía o se lo quitaba, fin
del juego. Después mi amiga se subió al colchón y se tapó con una sábana. Los
chicos, colocados de pie y alrededor de la cama, con suaves caricias, tendrían
que despertar a la dormida. Tendrían que moverse un lugar a la derecha, siempre
que se lo dijéramos desde abajo, con un azote. Se colocaron el guapito y el
cachas a la altura del pecho de mi amiga, y el normal y el flipado, a la altura
de las caderas.
Todo el mundo
estaba desnudo, y nosotras desde abajo, estábamos viendo lo contentos que
estaban los chicos. Nada que ver con lo que habíamos visto cuando nos bañábamos
en el río. Para empezar, cada chica se puso lo más lejos de su chico, en la
otra esquina. Yo les pedí, que aunque estaban de rodillas, dejaran sus piernas
un poco abiertas, para favorecer mi labor.
La rubia,
harta de tronchos gordos y cortos, cuando vio la del flipado, larga y finita,
comenzó a batir su propio record de profundidad, y yo veía como desaparecía
aquel espárrago en su boca. La flipada, encontró una cosa normal, no tan larga
como la que conocía y se dedicó, con tesón a dejarla floja, cosa que consiguió
en un momento. La normal, que no se había visto nunca en nada parecido, no
sabía cuál coger. Al final se quedó mirando a la que tenía delante, y fue la
primera en dejarla blandita. La morena, se entregó a la que le quedó, y
disfrutó mucho. Lo sé porque mientras hacían esto, yo les sobaba el pecho, y
tiraba suavemente de sus pezones, a la vez que controlaba la secreción vaginal.
En un momento y en silencio, todo se acabó.
La regla era
que si nosotras habíamos quedado satisfechas, seguiríamos, entonces se podría
hablar y gemir, lo mismo nosotras que ellos. Nos miramos. Ellas divertidas, yo
excitada, y cambiando de lugar, decidimos seguir. Los chicos entendieron que ya
no había problema, y comenzaron a dar a mi amiga tanto placer, que no dejaba de
correrse. Hacía un ruidito nasal, alterado por los movimientos que estaría
haciendo, luego se aceleraba, y después de varios espasmos sin control,
comenzaba otra vez con su ruidito.
Mis amigas ya
no sé qué hicieron, porque en la primera parte me dediqué a probar una a una, a
ver que decían, y todas estaban muy excitadas para perder un poco de placer,
viniera de donde viniera. Así que me dediqué a la variedad. Lamía un poco de
aquí, mientras tiraba de los pezones, y cuando las veía entregadas, lo dejaba
para luego. Así en varias ocasiones. La flipada no me dejaba irme de su
entrepierna y no pude evitar darme placer yo, y aunque tuve que parar dos
veces, no me soltó hasta llenarme la cara de flujo.
La rubia y la
normal, me llevaban la mano a su clítoris, mientras que la morena quería mi
lengua, y mis dientes en su clítoris.
No sé las
veces que me corrí. Solo recuerdo que al final, mi amiga que se había traído su
arnés con látex negro, se lo puso, y me batió, hasta quedar las dos exhaustas.
Después mis amigas se lo llevaron, y según me contaron al día siguiente, se
fueron dando placer unas a otras, sobre unas piedras, contra los árboles, y por
todos los agujeros que habían probado, y por los que no.
Quedamos para
otro año, para compartir recuerdos del campamento.
REMedioss
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