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jueves, 12 de abril de 2012

Fresas con nata



Aquella noche era nuestro escenario perfecto, el cálido parpadeo del fuego fulguraba en las paredes y lamia nuestra silueta. Mis pechos eran las alas vírgenes de una mariposa. Tumbada siendo una esfinge esclava a tus peticiones urdí un plan para que nuestra pasión saliese expulsada de un postre exquisito. Desnudos, fuimos a la cocina. Acariciabas mis cachetes mientras cogí del frigorífico una bandeja de fresas frescas que compramos la noche anterior.

 El bote de nata estaba a una escasa distancia de tu anatomía. Apunté el bol lleno de fresas con el propulsor y salió una cantidad generosa y espesa de nata montada. Nuestros reflejos en el espejo daba la imagen de dos querubines traviesos y excitados. Unté en mi dedo la última lágrima nívea que el propulsor había olvidado y recorrí tus labios, entrecerraste los ojos y chupaste mi dedo mordiéndolo ligeramente, dejando tras sí una marca deleble. Reí como una colegiala y enterré mi lengua entre tus dientes, traspasándote mi aliento a fresa. Gruñiste en desesperación por sentarme en la encimera y fundirte en mi piel, pero el reloj crujía haciendo avisar de que pronto ellos llegarían.

Contoneando las caderas y disfrutando torturándote llevé el bol de fresas asfixiadas en nata hacia el salón. Decidimos acariciar la estancia con música clásica. Debussy fue el afortunado en presenciar como nuestra carne empezaba a humedecerse. La luna era como una bola blanca  de billar, nos relataba los secretos de los lobos y decidiste ser parte de ellos mientras mordías ligeramente mis pezones y ahogábamos la risa dentro de nuestras bocas. Acaricié inocentemente tu pene que empezaba a hincharse y crecer. Lamiste de abajo arriba mi cuello y el soplo de tu aliento en mi oído me hizo estremecer. Tu mano acarició mis braguitas y masturbaste con precisión el botón rosado que se escondía tras la tela. 

Cuando una intensa sensación empezaba a adueñarse de mis venas paraste y nos miramos por milésimas de segundo. Las doce aun no había nacido y reanudamos nuestra tarea. La puerta pronto se abriría pero no nos importaba, el ardor de nuestra piel podría llamear toda la casa. Lentamente me penetraste y arañé tu espalda mientras me dejaba eclipsar por los movimientos de tu pelvis encima de mí. Con ritmos frenéticos nos abandonamos en jadeos y gritos exagerados, las paredes podían oír y disfrutábamos haciéndolas sufrir. Una engrosada capa de sudor resbalaba sobre mi vagina y mientras me penetrabas imaginé tener un océano allí dentro. 

Tapé tu boca con mi mano y subí encima de ti, la mesa tambaleó cuando mi pierna rozó la pata, ¡olvidamos las fresas! Cogí el bote de nata y propulsé sobre tu pene, muslos y tórax. Lamí con placer, di vueltas con la lengua hasta que vi como tus ojos miraban hacia arriba y tus labios se abrían preparándose para gritar. Lamí  incansablemente tu pene y el chorro de tu semen se mezcló con los últimos restos de nata. Agarraste con fuerza mi cabeza y guiabas mi boca por tu zona hasta que sintieses que los espasmos te abandonasen.

 Me tumbé boca arriba y dejé que tu imaginación me sorprendiese. Colocaste entre mis piernas una fresa y poco a poco empezaste a comerla mientras tu mirada recorría mi rostro jadeante y excitado. Apretaste el capullo de la fresa sobre el clítoris y lo frotaste, sentí como el líquido lubricaba las paredes de mi parte intima, aquello me excitó más aún. Tu sonrisa socarrona me hizo querer odiarte entre placeres. Cuando la fresa empezó a derretirse, tu lengua lamió mi clítoris con deseo y énfasis. Enterré mis dedos en tu pelo y empujé tu cabeza más dentro. Arqueé mi cuerpo cuando el orgasmo sacudió todo mi cuerpo, temblando sudorosa entre la manta que había bajo nuestros traseros. Mordiste mi lengua como un pacto terminado, el olor de mi sexo rozó mi nariz. 

Triunfantes nos levantamos corriendo a sabiendas que las doce profanaba su llegada. Limpiamos el suelo, el bol y tiramos a la basura el bote de nata que habíamos dejado vacío. Trozos de fresa habían quedado entre los dientes, mutuamente dejamos pulidos nuestros incisivos. La puerta se abrió, la fiesta iba a comenzar. 


Arácnida.

martes, 31 de enero de 2012

María Violeta

En invierno la encontré en una reunión de un club privado, al que me invitaron por conocer al dueño de la casa donde se celebraba. Antes de las campanadas cenamos con nuestros vestidos de fiesta y un antifaz puesto. Como no sabías quien tenías al lado guardabas tu intimidad y podías ser quien quisieras, lo mismo que los vecinos y vecinas.

Cuando sonaron las campanadas brindamos, nos quitamos el antifaz y nos saludamos y presentamos a todo el mundo. Me habían advertido que aunque conociera a alguien me presentara y que allí no conocía a nadie. Luego en la calle que siguiera saludando como lo hacía antes a posibles conocidos o conocidas.

Después de las presentaciones sonó la música y la gente comenzó a bailar de formas extrañas. Algunas parejas empezaron a mirarse y sin perderse de vista giraban y se sonreían de modo lascivo, otras muy pegadas trataban de bailar algo parecido a un vals, otros unían sus cuerpos y se restregaban mientras hablaban con los ojos. Quedamos algunas personas sueltas que no habíamos estado en reuniones anteriores y empezamos a imitar lo que veíamos lo mejor que pudimos.

Vi a alguna mujer con otra, o con otras, haciendo una danza que parecía africana. Con el cuerpo casi rígido, movían solo las piernas y daban saltitos, que meneaban solo algunas partes de su cuerpo. Paraban, reían y volvían a repetir. Otros grupos o parejas aprendían a bailar imitando a sus vecinos o vecinas, porque el baile les parecía original o difícil de realizar.

Enseguida sentí que formaba parte del grupo y me integré en los bailes. La gente comenzaba a quitase parte o todo el traje de fiesta. Vi una mujer morenita con la que me apeteció arrimarme y restregarme. Nuestro pecho erecto se frotó y nuestro sexo, receptivo y entregado se apretó y disfrutó.

Una mujer rubia y voluptuosa se me acercó por detrás, besó mi cuello, se abrazó a mí y empezó a restregarse. Notaba su pecho rayando mi espalda y su sexo intentando acoplarse lo mejor posible a mi culo redondito. Con sus manos primero en mi pecho y luego en las caderas, se restregaba con furia llevando mi excitación a una altura que no conocía. No me dejaba verla, mucho menos besarla. Al final me dejé hacer y pudo realizar lo que había estado pensando desde que me vio. Me fue relatando sus pensamientos y mientras me contaba lo que me estaba haciendo tuve mi primer orgasmo, entre espasmos y cachetes que pusieron mi culo redondito al rojo. Después la vi desmoronarse a ella. Me quité como casi todo el mundo había hecho ya, mi traje de fiesta y me moví por la habitación buscando nuevos contactos.

Allí estaba María, bajo una luz violeta, rodeada de varios hombres. Todos bailaban y giraban en una dirección y ella en la contraria. Se paraba delante de alguno, se miraban, tocaban o besaban y seguían bailando. Después de varias vueltas, ella unas veces de pie otras de rodillas, o tumbada sobre una piel de tigre, se fue deshaciendo de sus amantes. Yo esperaba manteniendo contacto visual disfrutando de la perspectiva y sin perder mi excitación.
Cuando vi que me invitaba con la mirada pensé que había llegado mi momento. Cuando me acerqué me pareció una mujer satisfecha y deseosa de más. Mi excitación se disparó. Ahora sin la premura de los primeros momentos y tratando de aprovechar el placer que se acercaba. Le fui susurrando al oído como la había admirado cundo la vi con su traje blanco en la terraza de verano; cómo pude disfrutar de su cuerpo, solamente velado por un lino transparente; le expliqué el ambiente de excitación que dejó en la terraza, incluyendo a los camareros; le detallé lo que tuve que hacer para dejar de pensar tan ardientemente en su cuerpo. Ella sonreía, a veces reía y no dejaba de culminar una y otra vez su excitación. Cuando vio que mi ardor había llegado al máximo, se apretó contra mí, y entre el placer del momento, después de verla culminar una y otra vez y el dolor de sus uñas clavadas en mi culito, tuve un orgasmo y me mojé las piernas como nunca lo había hecho antes.

Hoy, una semana después, aun me molesta sentarme, y al llegar a pedir al jefe un día de permiso he visto a su nueva secretaria. Me la han presentado como María.
                                                                                                                                Remedioss

lunes, 26 de septiembre de 2011

Guía, Lala y Bela


Al atardecer del último día de la Temporada de las Flores, Lala, una niña alta y morena jugaba con Bela, más pequeña que ella, cerca de los riscos. Se acercaron unas mujeres mayores, y con una pena extraña a los ojos de Bela, le tendieron la mano y se la llevaron. Lala les siguió hasta lo alto del monte. Cuando llegaron allí, abrazaron a Bela y le mostraron el cuerpo de su padre, en una postura descoyuntada allí abajo, en medio de los riscos.
Bela se sintió indefensa y sola, y abrazó a su amiga. Desde ese día llevó la piel negra alrededor del cuello en señal de muerte, y de que no estaría disponible para un hombre, hasta que se la quitase. Colocaron el cadáver con sus mejores ropas en la fosa común, lo cubrieron de tierra, y el jefe del grupo, al no haber familiares adultos, ofreció vino y comida durante el acto social. Bela se acomodó en la cueva con Lala y con su madre Guía, una hechicera reconocida, que les fue instruyendo en su sabiduría. Las dos fueron creciendo y aprendiendo una labor útil y considerada en su comunidad.
Un día Bela quiso probar cómo sería estar protegida por un hombre, y con algunas indicaciones de Guía, eligió el día apropiado. Se quitó la piel negra del cuello a la vista de todo el mundo y se la ató al tobillo. Se fue alejando de la entrada de la cueva y enseguida varios jóvenes la vieron y la siguieron. Cuando se alejaron lo suficiente, la rodearon exhibiendo sus dientes en una mueca de sonrisa, mostrando su fuerza y su salud. El fuego de los ojos también era importante. Ruidos que todos conocían, dieron otra pista para decidir a Bela. Ella caminaba despacio por el interior del círculo, mirando, oyendo y acercándose a oler a cada uno de los que la solicitaba. Después de varias vueltas se paró delante de un joven delgado que parecía el más débil y se abrazó a él. Éste miró a los demás con gesto feroz y uno a uno se fueron alejando.
Bela y el joven se olieron, se chuparon y se acoplaron entre las pieles. Después de un rato de aceptación, se dirigieron juntos a la orilla de un pequeño lago. Se desnudaron y se metieron en el agua para purificarse y prepararse. Bela extendió las dos pieles un poco más arriba, en un sitio seco y esperó. El joven llegó preparado y empezó a lamer a Bela por todo el cuerpo, como había visto hacer a otros animales, deteniéndose más donde ella gruñía más suavemente. Al pasar el cinturón, como le habían enseñado sus mayores, dio unas pasadas rápidas, pero Bela le detuvo. Él levantó la cabeza y la miró extrañado, pero al verla sonriente, lo hizo una segunda vez más despacio. Ella le sujetó la cabeza, como le había explicado Guía que tenía que hacer y empezó a emitir unos gemidos más prolongados y suaves que los que él había oído otras veces. Se parecían poco a lo que le habían explicado, pero empezó a notar unos olores y sabores distintos, atrayentes y agradables, que le hicieron seguir. No era la mujer sumisa y estática que le dijeron que iba a ser, ya que no había estado con ningún hombre, cosa que le pareció raro pero agradable.
Cuando vio que no podía soportar por más tiempo aquella situación, se colocó en el lugar del hombre y horadó el cuerpo de Bela, que lo recibió sin el dolor que le habían explicado que podría sentir. La repetición de aquel acto lo controló Bela, porque le atrapó cruzando sus piernas por detrás y el joven que no era muy fuerte no tuvo más remedio que moverse como pudo y por fin abandonarse a la naturaleza. Después de dos respiraciones profundas y un último y prolongado abrazo con sus piernas, Bela se levantó y le dejó en el suelo, sobre su piel y poniéndose la suya se dirigió a la cueva. Iba contenta, feliz y plena. Ya tenía qué contar a su familia sobre los hombres. Fue la única que quiso probarlo.
Cuando se aproximaba, se volvió a poner la piel negra sobre el cuello, cambió la cara por una triste y dolorida y se fue corriendo a llorar en los brazos de su amiga Lala. Esta la llevó a su zona de la cueva, y empezó a confortarla. Cuando se quedaron solas, Bela empezó a sonreír. Aquella noche celebraron las tres, como siempre y a su manera, el paso del trámite del hombre.
Sin embargo no les dejaban en paz los varones jóvenes de la tribu. Les parecía raro que no quisieran la protección de ningún hombre, y siempre andaban mirando y gruñendo cerca de ellas. En una reunión que hubo con otra tribu de más allá de las montañas, Guía curó a un hombre muy grande, y urgió a Lala y a Bela a acercarse a él y darle de comer. El enfermo que vivía solo y era extremadamente alto y fuerte, pareció sentirse halagado por la elección de las tres mujeres.
Lala y su amiga no comprendían porqué les obligó su madre a hacer aquello, pero por la noche en la cueva, el joven se puso un poco aparte, con la mirada cómplice de Guía y estuvo durmiendo con otros hombres de su misma tribu, intentando ahogar los ruidos que todos conocían.
REMedios

domingo, 31 de julio de 2011

Chocolate.



La tienda que hay enfrente de mi casa siempre tiene por doquier una deliciosa sección de chocolates, siento como palpita mi lengua cada vez que paso por el escaparate. Bombones rellenos de crema, licor, avellana, bombones de chocolate blanco, pastelitos bañados en una fina capa de chocolate negro. E imagino coger uno, acariciarlo, sentir como el chocolate se va raspando y luego metérmelo en la boca, para que se derrita en la lengua. El chocolate siempre ha sido la tentación más peligrosa y sustituta del sexo, en las noches cuando necesito sentir el placer hasta volverme loca, cogo una tableta, cierro los ojos cuando muerdo delicadamente el trocito, navega sobre mis dientes como un baño de azúcar y después juega dentro de mi boca, cosquilleándome los incisivos y la garganta. Después de haber sucumbido a la traición de ese pecado, acaricio mi cuerpo con mis manos, huele a chocolate e imagino que Xavier, el dueño de la tienda y que me lleva unos tres años, recorre con su boca ese camino que he dejado solo para él. Su lengua succionando mis pechos, mi sexo, mis muslos mojados de chocolate. Lo imagino encima de mí, moviéndose como si se le fuera la vida y luego mojarnos las bocas con nuestras manos, riéndonos por nuestros rostros bañados en azúcar. Mordernos los labios sin importarnos hacernos daño, sangre con chocolate, chocolate con fresa. Yo encima de él como una posesa, haciendo que su pene choque más fuerte contra las paredes de mi intimidad, y después cogerlo entre las manos, hasta sentir como su semen se convierte en un delicioso líquido que de derrama sobre mi labio inferior. Cuando desperté de ese erótico sueño mientras la tableta se derretía entre mis pezones y mis dedos, relamí mis labios con una risita pícara.

Arácnida.

lunes, 23 de mayo de 2011

Baño de Luna



Karina fue la última en quitarse la ropa. Se introdujo en el mar mientras abría los brazos, la mente y su cuerpo a todas nosotras. Había pedido que aquella tarde fuera su iniciación.

Cuando entramos al jardín de la casa, lo primero que hicimos fue dejar la fuerza del agua del mar en la ducha, y sustituirla por la delicadeza de la fuente que manaba en el centro de la explanada de césped. El ansiado líquido brotando de las entrañas con agrado, como centro de la vida y del placer hedonista. Alrededor el contorno de palmeras, refugio del nacimiento y sobre la bóveda que mecía la brisa, el manto carmín y luego azul oscuro de la noche. Rematado con una gema casi redonda en lo alto, para proporcionarnos la delectación que puede dar un entorno como este.

Cubiertos los cuerpos con túnicas transparentes, los pies desnudos, y solo con unas flores en el pelo, nos dispusimos a comenzar el noviciado de Karina. Danzamos a su alrededor con una música suave de flautas, que solo oíamos nosotras: fue un acto privado de exhibicionismo para que disfrutara de nuestras formas.

La tumbamos en un lecho con la fuente manando cerca de sus pies, rodeamos sus muñecas con cintas de colores y abrimos totalmente su vestidura. El último resplandor de la tarde tiñó su cuerpo. Después, sombras con túnicas le impedían recibir el baño que esperaba. Empezamos pocas y según aumentaba la tensión en el ambiente se fueron animando cada vez más. Entre delicadas caricias; unas posábamos nuestros labios con delicadeza por todo el cuerpo, sembrando el poder femenino; otras lamían todo resto de masculinidad de sus más escondidos rincones, ahora expuestos; algunas sopesando sus formas, dando suaves pellizquitos para hacer notar elegidas partes del cuerpo, rítmicos cachetitos liberadores… fueron aumentando la quemazón de la iniciada.

Se mantuvo la situación hasta el límite, y cuando ya había perdido la compostura, después de suaves movimientos buscando el contacto con todas nosotras, y los tenues suspiros dieron paso a gemidos incontrolados y estos a voces desesperadas, en ese momento, fue dejada pero admirada. Todas nos entregamos por parejas o tríos a alcanzar el baño de luna que le habíamos anunciado a ella. Cada pareja a nuestro ritmo, ofrecimos nuestro final a Karina, que ante la impotencia de moverse, se contorsionó en un espasmo final y con un grito prolongado acompañado de múltiples borbotones y palpitaciones del líquido, cerca de sus pies, Karina recibió su baño de luna. Ya era una de nosotras.
  REMedios

martes, 12 de abril de 2011

El Cumpleaños



Le he pedido a Marta que se pasara con su novio para preparar el cumpleaños de mañana, en un  pequeño local que cerramos hace un par de años y que empleo para hacer fiestas. Han quedado en traer la bebida con el coche. Ahora hace mucho calor, por eso les he pedido que comprueben también que funciona el aire acondicionado. Yo sabía que tenían pocas oportunidades de estar solos, y le dije a Marta que no había prisa. Les he dado las llaves sobre las doce y les he dicho que pasaría por su casa antes de comer. El local está desocupado, y  para que no nos moleste gente ociosa al ver la tienda abierta, les he pedido que entren, cierren y se vayan a la parte de atrás.
Han llegado sobre la una, y después de dejar la bebida en el frigo, se han sentado a descansar. El aire acondicionado después de unos minutos ha empezado a refrescar la habitación. Como me imaginaba, Carlo aprovechando que estaban solos, empezó a besar a Marta. Ella con la puerta cerrada y las llaves sobre una silla solitaria, se ha quitado la ropa y ha empezado a bailar con una música creada por ella misma, que seguro que Carlo ni oía. Estaba de espaldas a la estantería y de frente a su novio. Siempre me ha gustado poder ver un buen culo descaradamente, sin tener que disimular como tengo que hacer cuando voy por la calle. Ella lo movía con gestos forzados y extremos, mientras la imaginación de Carlo seguro que se disparaba, como hacía el bulto de sus pantalones, que tuvo que abrir por miedo a romper la cremallera. Solo le veía el slip sobredimensionado mientras él se acariciaba por encima con los ojos también salidos de sus órbitas. Después de un rato de cada vez más frenético baile, se ha sentado encima de él como una amazona que domina su caballo, comenzando unos gemidos desbocados y todo han sido golpes rítmicos, sudores y derroche de todo.
Por la tarde había pedido a mis dos amores platónicos del grupo: Inka y Madu que trajeran la comida. Les di las llaves que me devolvió Marta. Me dijeron que irían sobre las cinco y quedé con ellas que me las devolverían sobre las ocho en el bar donde nos vemos por la tarde. Inka es noruega, rubia y pavisosa. Quizás sea por eso por lo que la amo en secreto. Parece que todo el mundo tiene que ser muy activo, y ella es tranquila. Tiene un cuerpo blanco y pecoso, la he visto cuando nos cambiamos en su cuarto, con facciones suaves, pecho infantil y piernas largas que me imagino recorridas por los jugos del placer y me vuelvo loca. Madu es negra, de estatura media y generosa en sus formas. Lo sabe y se regodea con ello. Me tiene alterada, a veces creo que lo intuye y me hace sufrir, con pequeños roces y confidencias al oído. A veces me habla tan cerca que me besa la oreja tratando de decirme algo que por supuesto no oigo, por sentirla tan cerca y deleitarme con su olor. Cuando se separa le obsequio con una sonrisa como si la hubiese comprendido y estuviera de acuerdo. El contraste del pecho sin desarrollar de Inka, con la grandiosidad de Madu, me hacen mirar de una a otra alternativamente, imaginándome lamer alternativamente leche con canela y chocolate.
Todo esto los sé porque en la trastienda hay una pequeña habitación que siempre he dicho que no tenía llave y que mi padre empleaba para hacer las cuentas y guardar el dinero. Tiene una pequeña mesa con un sillón, pero lo más importante es que tiene un cristal de espejo y se puede ver el sofá de la trastienda con toda comodidad, por un hueco de la estantería. Lo he visto todo y he disfrutado sin prisa de mi faceta de voyeur. Mañana será la fiesta de todas, hoy ha sido la mía.

REMedios