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lunes, 29 de noviembre de 2010

Dominación


Alguna que otra vez habían coincidido en la cafetería, pero esos encuentros no pasaron de unas cuantas frases de cortesía. Fue en la comida de Navidad que organizaba cada año el laboratorio cuando, el destino, como creía él o la complicidad, como sabía ella se inició su relación.

Aquella primera noche con Anabel fue para Javier un soplo de aire fresco. Él, curtido en mil camas, disfrutó de su aparente ingenuidad, dulce, retraída.

De aquel primer encuentro habían pasado tres meses, en los que poco a poco fue tendiendo la tela de araña en la que Javier se dejó atrapar.

El móvil de Anabel sonó insistente, era Javier. Al día siguiente, volvió a llamarla, tampoco obtuvo respuesta. A las pocas horas, un escueto mensaje de Anabel dejó claras las reglas del juego: “Cuando yo digo, como yo digo. A las tres en mi casa”. El reloj marcaba las tres y cuarto, cuando sonó el portero. No hubo respuesta.

El móvil de Javier no paraba de pedir perdón, a las cuatro el portero automático liberó la entrada. Como si hubiera subido a pie aquellos cinco pisos, lo encontró Anabel ante su puerta, la respiración entrecortada, su corazón desbocado bombeando sangre y una excitación que recorría todos sus músculos. Al fin podría estar ante ella.


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domingo, 28 de noviembre de 2010

Nostalgia de Hombre

Mariola me contaba cómo la llevaba en vilo por el pasillo, cómo se agarraba a sus hombros dorados, fuertes y suaves, cómo era devorada con fruición,con gula, sin el más mínimo recato, y cómo se sentía inundada, en lo más profundo de su esencia, por aquel hombre. Cómo casi no le daba tregua para recuperarse y volvía sobre sus pasos una y otra vez, perdiendo la noción del espacio y haciendo que el tiempo llevase un ritmo distinto para ellos. Un ritmo que antes no conocía.

Mientras me describía aquella vorágine, llegó un momento en el cual no la oía, solo la sentía. Veía a Mariola con una mezcla de admiración por las delicias conseguidas, por lo atrevida de la situación, por lo rápida que había estado en atraer aquel hombre; y un puntito de nostalgia por nuestra amistad pausada, casi olvidada, eclipsada por el sol de aquel varón.
He encontrado el huequecito que tiene en su corazón para mí, he visto mi nombre, Lilián, en pequeñito; lo he visto mientras ella terminaba de jadear y me pedía tiempo para asimilar y disfrutar el placer que había arrancado de su cuerpo esbelto. Lo he visto cuando posa sus ojos sobre mí, después del clímax, antes de una nueva entrega. A veces lo he percibido durante un minuto de placer, mientras gime y se desboca, abandonada al tiempo, a las circunstancias, a mí. Lo he abrigado en mi interior, lo he vivido, lo he disfrutado. Creía que era solo mío, que nadie más tendría acceso a ese lugar de su corazón, ni a lo más profundo de su esencia.

REMedios

La dulce y coqueta Ana




Ana era la tópica chiquilla que coqueteaba con todo hombre que se cruzase en su camino, aun así, tenia dulzura y encanto, nunca hacia nada por maldad o avaricia. Tenia una bonita figura, piernas voluntuosas, pechos grandes, firmes y exuberantes, y una forma felina de andar que a todos enloquecia. Yo me fijé en su preciosa melena rubia que rozaba su respingón trasero, y en esos ojos verdes que parecian puras esmeraldas, una mujer perfecta en todo caso. Por un tiempo fuimos eso, amantes de sábanas, dos llamas de fuego ardiendo en un solo espacio. La primera vez que coincidimos fué en un ascensor, bastó su sonrisa para que cayese rendido a sus pies, después vino el roce de su mano con la mia, sus ojitos verdes penetrandose en los míos, y luego la culminación de mi paciencia, el choque de sus piernas y la manera de lamer sus labios cuando los notaba resecos. Imaginé tocarla, descubrirla por dentro, acariciando sus pechos, su trasero, escondiendo las manos entre sus muslos. Soñé cada noche con tenerla a mi lado, calentando mi cama, mi cuerpo, mis labios, atrevida y risueña, tentando las horas que sobraban. Ana era una buscadora audaz, siempre terminaba encontrandome en alguna parte, despoblado, excitado, se acercaba con esa gracia suya, echandose la larga melena hacia atrás y mordiendose el labio inferior, pero no podia permitirme tocarla, era prohibida para mí. Era una adolescente alocada y sensual, por la que varia la pena volverse loco. Todos los dias la encontraba en el autobús, ambos en caminos diferentes, y casualmente, como el mundo es tan pequeño, la veia caminar en mi misma dirección, sonreía la muy descarada e iba más despacio cuando pasaba por mi lado, rozando insinuadamente mi bulto. Asi era Ana, un soplo de melocoton que perfumaba su cabello, un deseo inalcanzable que me hubiera gustado probar, imaginé acariciar su suave piel, rozar aunque fuese su boca bañada en gloss, Ana... el diablo vestido con minifalda de lino y camisa ajustada dejando entrever unos generosos pechos. Un día de esos en que el sol cegaba, me pareció verla, pensé que era un reflejo de mi imaginación, un destello de su rostro para atormentarme, para recordarme que no podia sucumbir a la tentación. Pero  estaba frente a mí, vestida con un vestido corto rosado que hacia juego con sus ojos verdes, mirándome con picardía, incitandome a tocarla, pues su mano cogió la mia y la llevó a esa parte recóndita que muchas veces habia soñado cada noche. Me estremeció el contacto de sus bragitas, ella rió y siguió guiando mi mano hacia su zona intima y caliente, no pude soportarlo más y la pegué a mi cuerpo, besando con furia su boca, rindiendome a sus encantos, a su insolencia. Subí su falda y mientras Ana gemia, acaricié su cuerpo, impregnandome de su olor, la suavidad de sus muslos, el ángulo de sus pechos, donde escondí la cabeza entre ellos. Ana agarró con fuerza mi pelo y tiró mientras se arqueaba hacia atrás, pidiendo más, yo tenia tanto para darle y temor al mismo tiempo, no queria perder el control, no con aquella criatura hermosa de diecisiete años que parecia un ángel. Toda la fibra de mi cuerpo se excitaba ante su contacto, sus manos desabrochándome la bragueta y tomando mi miembro entre sus manos, su boca buscando con desesperación la mia, sus piernas abiertas, los ojos cerrados. Invadí su boca con mi lengua, explorandola, intentando formar parte de ella, queria beber de su piel, hacerla mia, hasta que perdiese la cuenta. Pero sabia que aquello no estaba bien, Ana suplicaba mi cuerpo, mis besos, y yo no sabia que hacer, no bastaba con acariciar su cuerpo con mis manos y recorrerlo con mi lengua hasta hacerla gritar, yo queria más y ella también. Al despuntar el alba e ir a mi respectivo trabajo, no dejaba de pensar en ella, tenia el tatuaje de su barra de labios en mi camisa y en mi cuello, y a pesar de que intenté ocultarlo, los demás imaginaban que una mujer calentaba mi cama. Deseaba que acabase la jornada para verla esperarme en el portal, con sus piernas descubiertas, y sus zapatillas puma. Una risita se escapaba de entre sus labios cuando me acercaba vacilante a ella y poseia su boca con pasión, pellizcaba su trasero y la inducia a entrar en mi piso para quitarnos la ropa sedientos, y acabar desnudos e incompletos, pues no la habia penetrado aun y aunque me moria de deseo por ella, sabia que no merecia que un hombre de treinta y cinco años como yo, se aprovechase de su inocencia. Ana no era virgen, sus maneras de coquetear y hacer excitar a un hombre llevandolo a la locura con su lengua y manos, revelaba que ya habia entregado su cuerpo a algún afortunado. Pensé pues acabar con lo nuestro una mañana, empezé a besarla desde los pies a la cabeza, rememorando cada parte de su cuerpo, después la toqué con lentitud, con frenesí hasta que ella se retorció de placer y llegó al orgasmo. Me miró con ojos brillantes, sabia como yo que aquello habia llegado a su fin, me dedicó una última sonrisa y me besó jugando con su lengua dentro de la mia, poniéndome a cien. Decidí controlarme y nos vestimos con todo el tiempo del mundo, aun así ella decidió lamer mi miembro por última vez, e hizo que llegase por igual. Ya ha pasado un tiempo de eso, pero aun la recuerdo, sigo recorriendo la misma acera en donde me la solia encontrar, aquellas noches cuando solia hacer un  streptease moviendo lentamente sus caderas, y se movia de arriba a abajo, provocándome, recordaré su forma de lamerse los labios cuando comia un helado de chocolate o estaba a punto de alcanzar el climax. El autobús parece vacío sin ella, y aun me resulta extraño entrar en el portal y no verla aparecer, tumbarme en la cama con las sábanas aun calientes y oliendo a ella. Levantarme solo, sin el roce de un mecho suyo en mi mejilla y su aliento dandome los buenos dias mientras se subia encima de mi, dispuesta a un festin de caricias y juegos. Ana, mi siempre ella, la fruta prohibida, el veneno mordido en mi piel.

                                                                                                                                                                   Arácnida.

viernes, 26 de noviembre de 2010

MOJANDOLO TODO




Salimos tarde del concierto y como el resto de la gente, nos fuimos a uno de los bares que había alrededor a tomarnos algo. Entramos en el local y este no tardó en llenarse, pero a nosotros nos dio tiempo a ocupar una de las mesas del fondo donde la luz era mas tenue y apenas molestaba.
Mike se levantó a por un par de copas de vino y al sentarse sin mas preámbulos me dijo como siempre bromeando :
- Y ahora dime…¿Cuál es una de tus fantasías sexuales habituales?
Yo me puse nerviosa, no por esta chanza suya, que era una de tantas, sino porque me di cuenta que la gente de las mesas de alrededor le habían visto venir con el vino y habían escuchado la pregunta y ahora mas de uno se había callado y estaba bien atento a mi respuesta, así que le dije:
- Mira, una de mis fantasías sexuales mas habituales es que voy al cine. En una de las salas están poniendo una película porno, me acerco a la taquilla y pido una entrada para esa película, el señor con barbas que hay tras la cristalera me da la entrada mientras mira mis pechos que se insinúan generosos debajo de esta camiseta verde tan escotada. Entro al cine, la historia ya ha empezado hace rato, están en plena acción, cuerpos desnudos tocándose, amándose, mezclándose. Veo a la gente difuminada por la sala y me siento al final donde casi no hay nadie. Elijo un asiento dos butacas mas adentro del pasillo y noto que al final de mi fila un señor se escurre en su asiento y adivino el movimiento rítmico de su brazo que acompaña a los jadeos y quejidos de los altavoces. De repente un extraño se levanta de su lugar y sin dejar de mirar la pantalla para no perderse ni un solo detalle se sienta a mi lado. Le miro, es alto, fuerte, bien parecido, enseguida pone su mano sobre mi rodilla y las yemas de sus dedos van levantando mi falda, subiendo por mi pierna, haciendo círculos prometedores sobre mi carne. Veo mas adelante que algunas chicas se levantan de sus asientos para desaparecer agachadas entre las hileras de butacas. Los dedos de mi acompañante están jugando entre mis muslos, en ese momento un escalofrío me recorre por dentro, la respiración me delata pero consigo controlarme. Detengo su mano y con los ojos le indico un gesto hacia su pantalón, él enseguida entiende el mensaje, así que desabrocha su cinturón, y en la semioscuridad escucho abrirse su cremallera, al momento me enseña orgulloso su sexo erecto, entonces le sonrío es una señal de aprobación, me gusta lo que me muestra y por el momento para continuar es suficiente.
Venga, Mike vámonos se nos va a hacer muy tarde.
- Ahora soy yo el que no puedo levantarme de aquí -responde apurado Mike-
- Te jorobas, eso te pasa por preguntar.
Pero yo, si que pude levantarme y Mike no tuvo mas remedio que seguirme, ante todos los que nos habían estado escuchando a nuestro alrededor ahora yo me sentía bien orgullosa de cómo mi amigo Mike llevaba abultada su entrepierna.

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martes, 16 de noviembre de 2010

Casí como la primera vez



Era de noche cuando decidí coger la maleta y meter en ella todo lo que necesitaría. Él no estaba, habia salido un momento a por comida china, era mi oportunidad para salir corriendo, huir para siempre de su lado. La puerta se abrió, me sobresalté cuando lo vi ahí, con el rostro casi descompuesto, dejando la bolsa de la comida en la mesa. Al ver que no se movia y que mi maleta ya estaba hecha, me dispuse a irme cuando me agarró del brazo.

- ¿ adonde vas?- preguntó mirando la maleta sostenida en mi mano.
Tragué saliva, en el fondo no queria irme, pero no debiamos continuar así.
- me voy, creo que es lo mejor.
- ¿ porqué? ¿ es que acaso ya no me quieres?- me miró con dulzura, y yo no sabia que hacer, ¿ deberia irme? ¿ deberia permanecer para siempre a su lado?
_ ¿ Y tu, me sigues queriendo?
_ Marta yo...
_ Ya hace tiempo que lo nuestro no es lo mismo Pablo.
- Déjame demostrartelo.
_ ¿Como? - Y me besó, un beso que hizo que mis movimientos quedasen estáticos, afligidos. Aparté mi boca de la suya, sentí los labios calientes, dolidos.
- Pablo, esto...- no pude decir más porque él volvió a agarrarme de la cabeza y posó su boca con fuerza sobre la mia, dominándome. Lo más extraño es que esta vez no quise desprenderme de él, ni de sus brazos, ni de sus labios. Dejé caer la maleta e hizo un golpe seco cuando se estampó contra el suelo, mi cuerpo se pegó a Pablo, acto después terminamos tumbados en el frío suelo del parquet, con la ropa quitada, con los cuerpos dispuestos. Con delicadeza, acarició cada parte de mi cuerpo, con lentitud, con todo el tiempo del mundo. Yo ignoraba esa faceta suya, hacia tanto tiempo que no haciamos el amor que  parecia la primera vez. Pero súbitamente, nuestro deseo aumentó, lamió de arriba a abajo todo mi cuerpo, prestando mayor atención a mis pezones, trazando espirales sobre cada uno de mis pechos, gemí debajo de él, queriendo más. Jugueteó con su lengua deteniendose un instante en mi ombligo y luego llegó al centro de mi ser, escondiendo la cabeza entre mis muslos, apretando, succionando, haciéndome temblar de placer, dando vueltas con su lengua, hasta  parar, para ofrecernos nuestra primera mirada, y continuó, un recorrido húmedo haciendo piruletas por mi clitoris, su dedo jugando con mi boton del placer, cerré mis piernas en un arrebato. Me las abrió de nuevo y volvió a lamer mi sexo, dispuesto a que yo gritase y me arquease como una loba en cero, después inundó mi boca con sus besos, compartiendo el aliento de su pasión, dejándome sin apenas respirar, siendo esclava de su lengua. Esposó mis manos con las suyas y me puso encima de él, con su duro miembro rozando mi clitoris, se movió de arriba a abajo, frotando, teniéndome paciencia, hasta que me penetró, una oleada de placer me inundó por dentro, un cosquilleo erizó mi piel, la cadena de sus jadeos atándose en mi boca. Una sacudida, otra más, sus ojos en blanco, yo cabalgando encima de él, sintiendome la dueña en aquel momento.
- ¿ Te gusta,eh?- me susurró al oido.
Apenas podia hablar, me limité a morderme los labios, atrapando el olor de nuestros cuerpos, pidiendole con la mirada que no parara. Cuando percibí que su miembro estaba más caliente y que su respiración era más agitada, me aparté de él, y  le ayudé a ponerse en pie sujetándole fuertemente las manos, cogí una silla y lo senté con fuerza, dominandolo, siendo su gata salvaje. Me senté sobre él y comencé lamiendo sus pequeños pezones, y lo masturbé con mi mano, hasta llevarlo al limite más insospechado donde nunca antes me habia atrevido, luego metí su miembro dentro de mi una vez más. Se relamió los labios, el fuego de la chimenea se extinguia, pero nuestro fuego era imposible que se apagara en esos momentos, en la estancia sonaba careless wisper, una balada perfecta que acompasaba nuestros salvajes movimientos. Cuando empezé a sentir el orgasmo acercarse, Pablo apretó mis nalgas y sus embestidas fueron más fuertes, dejando escapar de entre sus labios pequeños jadeos, dándome a entender con mirada lasciva, que también iba a compartir conmigo el momento del climax. Un grito gutural se escapó de mi boca mientras enterraba mis manos en su cabello, acercando su rostro en mi cuello, arqueandome bajo él, Pablo gritó más fuerte y de repente, su eyaculación caliente dentro de mí. Ambos exhaustos, compenetrados, dos masas sudorosas incapaces de despegarse en un solo momento.Un juego de miradas, una pequeña llama encendida en nuestras pupilas, los labios casi borrados, mojados de nuestro pecado, una risotada haciendo de fin cuando la canción hubo terminado.
 
         

                                                                                                                               Arácnida.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La Ronda de Adela



Había quedado con Adela para ir al Ministerio a entregar no sé que papeles. Su hermana había ido el día anterior sin ningún éxito. Hoy estaría el funcionario en cuestión y lo solucionaríamos rápidamente, después iríamos a mi casa, no estaban mis padres y podríamos estar un rato solas. Cuando llegó Adela salieron en la conversación los hombres. Ella decía que de ninguna manera iría nunca con un hombre, para nada, no le llamaba la atención lo más mínimo, no quería ni provocarlos siquiera, tal era su interés por el sexo masculino. Nos encontramos a su hermana que nos explicó que los funcionarios eran mayores y no nos iban aponer fácil. Adela siguió con sus disquisiciones, yo estaba pensando como solucionarlo lo más rápido posible. De pronto corté a Adela y le dije ya sé como lo vamos a hacer. Os diré que mi amiga está un poco pasada de peso, pero proporcionada, es decir, tiene unas piernas recias que endurece con sesiones maratonianas de escaleras, nunca coge el ascensor, con lo cual tiene piernas y glúteos grandes, bien formados y prietos. Tiene unos pechos inmensos que me vuelven loca y que nunca me acabo, por mucho que me los coma, siempre queda donde comer o lamer.
Le expliqué mi plan a mi amiga y un poco en contra de sus principios lo aceptó. Entró ella sola, yo miraba con disimulo detrás de una revista de las de Ministerio, seguramente la tenía al revés, pero nadie miraba la revista, ni desde mi lado ni del lado de los funcionarios que estaban solícitos y amables a más no poder con  mi amiga. Yo estaba excitada y celosa a la vez de ver a tanto hombre seguirla con la mirada, igual que yo, pero era mía, no de aquellos hombres. El caso es que terminó enseguida, salió mordida por todas las miradas, incluida la mía. Ese día sabía que nada más llegar a casa, corriendo a mi habitación, cerrar la puerta y a devorar el cuerpo que había sido mordido y no quiero pensar qué cosas más por aquellos viejos verdes.
Cuando estuvimos en la puerta del Ministerio y mientras salíamos a la calle le dije con cierta rabia y premura: bájate ya la falda so puta.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Isadora

                                            
Mi amiga la Camionero, me había llamado para que viéramos a Isadora que vivía en el piso de abajo, en nuestro mismo patio. Allí estaba ella,  en la ventana con una camiseta de cuello de barco, de las de estar por casa. Parecía molesta, se movía con dificultad y gestos imprevistos. Esto le podría perecer a cualquier vecina que la estuviera viendo, pero nosotras sabíamos lo que estaba pasando. La Nena, seguro que estaba debajo de ella, sentada en el suelo y con la cabeza entre sus muslos.
Al principio se comportaba como si no estuviera muy conforme y le ponía dificultades a su empeñada amante, luego permaneció estática unos momentos y por fin se abandonó. Mi amiga me decía: ya se ha entregado, es el mejor momento, es cuando se deja hacer, es el que más me gusta. Mientras decía esto, se colocaba detrás de mí y empezaba a hablarme muy cerca de la nuca, marcándome en el cuello cada sílaba con el aire de su voz. Sus manos ya habían alcanzado mis senos y sus dedos mis pezones. Se empezaba a rozar, al principio suave luego más fuerte, recorriéndome con sus pechos. Podía notar sus pezones dibujándome en la espalda, luego venía a apretarse el centro de sus piernas en mis caderas, primero una, luego la otra. Mientras, me recordaba la dureza de sus pezones. Por fin se quedó en mi cadera derecha y empezó un movimiento circular de su pubis, demandándome que metiera mi mano bajo su pantalón corto y que la hiciera gozar, con la vista de la cara cada vez más desencajada de Isadora. Sabía que ese era su momento. Yo solo quería ver a la vecina de abajo.
Enseguida metió la barriga para desabrocharse un botón y permitirme colocar mi mano dentro de sus braguitas, ya mojadas. Como otras veces, sabía que ella cerraría los ojos y reviviría sus propias fantasías. Yo seguía mirando a Isadora y tratando de sentir lo que sentiría la Nena perdida entre sus piernas. Yo lo haría muy despacio, saboreando cada lamida, como si fuera el último alimento antes de un prolongado ayuno. Solo aceleraría el ritmo en el último momento, cuando ella me lo rogase.
La Camionero, parecía muy dura, pero con cuatro vueltecitas alrededor de su centro de placer, me estaba urgiendo a que me concentrara, que rozara su yema para hacerla sentir y me dejara de prolegómenos; aquello era excitación plena, no una sesión de placer de la de todos los días.
Yo revivía mi única relación con Isadora, aquel día en la playa, y comparaba la excitación que le provoqué con la que sentía ella ahora. La Camionero no podía más y me lo anunció. Cerró fuertemente las piernas, se dobló y a duras penas se agarró a la ventana mientras yo intentaba seguir dándole placer. Me agaché a su lado y continué despacito, mientras la besaba la boca con delicadeza; estaba dando los últimos estertores y me miraba agradecida. Cuando al final nos pusimos otra vez de pie, frente a la ventana, vi como Isadora comenzaba a tener unos movimientos compulsivos, no podía controlarse y no le importaba. Se agarraba fuerte a la ventana, sacaba la pelvis hacia atrás para permitir mayor contacto y poder abrir más las piernas. Segundos después se arrimó a la ventana y parecía que iba a salirse por ella por la forma en la que apretaba su cintura. Respiró tres veces, como un búfalo en celo y me miró satisfecha. En ese momento llené la cara de la Camionero con mis jugos y mis pezones me dolieron de señalar a Isadora con tanta intensidad.
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