
Ana era la tópica chiquilla que coqueteaba con todo hombre que se cruzase en su camino, aun así, tenia dulzura y encanto, nunca hacia nada por maldad o avaricia. Tenia una bonita figura, piernas voluntuosas, pechos grandes, firmes y exuberantes, y una forma felina de andar que a todos enloquecia. Yo me fijé en su preciosa melena rubia que rozaba su respingón trasero, y en esos ojos verdes que parecian puras esmeraldas, una mujer perfecta en todo caso. Por un tiempo fuimos eso, amantes de sábanas, dos llamas de fuego ardiendo en un solo espacio. La primera vez que coincidimos fué en un ascensor, bastó su sonrisa para que cayese rendido a sus pies, después vino el roce de su mano con la mia, sus ojitos verdes penetrandose en los míos, y luego la culminación de mi paciencia, el choque de sus piernas y la manera de lamer sus labios cuando los notaba resecos. Imaginé tocarla, descubrirla por dentro, acariciando sus pechos, su trasero, escondiendo las manos entre sus muslos. Soñé cada noche con tenerla a mi lado, calentando mi cama, mi cuerpo, mis labios, atrevida y risueña, tentando las horas que sobraban. Ana era una buscadora audaz, siempre terminaba encontrandome en alguna parte, despoblado, excitado, se acercaba con esa gracia suya, echandose la larga melena hacia atrás y mordiendose el labio inferior, pero no podia permitirme tocarla, era prohibida para mí. Era una adolescente alocada y sensual, por la que varia la pena volverse loco. Todos los dias la encontraba en el autobús, ambos en caminos diferentes, y casualmente, como el mundo es tan pequeño, la veia caminar en mi misma dirección, sonreía la muy descarada e iba más despacio cuando pasaba por mi lado, rozando insinuadamente mi bulto. Asi era Ana, un soplo de melocoton que perfumaba su cabello, un deseo inalcanzable que me hubiera gustado probar, imaginé acariciar su suave piel, rozar aunque fuese su boca bañada en gloss, Ana... el diablo vestido con minifalda de lino y camisa ajustada dejando entrever unos generosos pechos. Un día de esos en que el sol cegaba, me pareció verla, pensé que era un reflejo de mi imaginación, un destello de su rostro para atormentarme, para recordarme que no podia sucumbir a la tentación. Pero estaba frente a mí, vestida con un vestido corto rosado que hacia juego con sus ojos verdes, mirándome con picardía, incitandome a tocarla, pues su mano cogió la mia y la llevó a esa parte recóndita que muchas veces habia soñado cada noche. Me estremeció el contacto de sus bragitas, ella rió y siguió guiando mi mano hacia su zona intima y caliente, no pude soportarlo más y la pegué a mi cuerpo, besando con furia su boca, rindiendome a sus encantos, a su insolencia. Subí su falda y mientras Ana gemia, acaricié su cuerpo, impregnandome de su olor, la suavidad de sus muslos, el ángulo de sus pechos, donde escondí la cabeza entre ellos. Ana agarró con fuerza mi pelo y tiró mientras se arqueaba hacia atrás, pidiendo más, yo tenia tanto para darle y temor al mismo tiempo, no queria perder el control, no con aquella criatura hermosa de diecisiete años que parecia un ángel. Toda la fibra de mi cuerpo se excitaba ante su contacto, sus manos desabrochándome la bragueta y tomando mi miembro entre sus manos, su boca buscando con desesperación la mia, sus piernas abiertas, los ojos cerrados. Invadí su boca con mi lengua, explorandola, intentando formar parte de ella, queria beber de su piel, hacerla mia, hasta que perdiese la cuenta. Pero sabia que aquello no estaba bien, Ana suplicaba mi cuerpo, mis besos, y yo no sabia que hacer, no bastaba con acariciar su cuerpo con mis manos y recorrerlo con mi lengua hasta hacerla gritar, yo queria más y ella también. Al despuntar el alba e ir a mi respectivo trabajo, no dejaba de pensar en ella, tenia el tatuaje de su barra de labios en mi camisa y en mi cuello, y a pesar de que intenté ocultarlo, los demás imaginaban que una mujer calentaba mi cama. Deseaba que acabase la jornada para verla esperarme en el portal, con sus piernas descubiertas, y sus zapatillas puma. Una risita se escapaba de entre sus labios cuando me acercaba vacilante a ella y poseia su boca con pasión, pellizcaba su trasero y la inducia a entrar en mi piso para quitarnos la ropa sedientos, y acabar desnudos e incompletos, pues no la habia penetrado aun y aunque me moria de deseo por ella, sabia que no merecia que un hombre de treinta y cinco años como yo, se aprovechase de su inocencia. Ana no era virgen, sus maneras de coquetear y hacer excitar a un hombre llevandolo a la locura con su lengua y manos, revelaba que ya habia entregado su cuerpo a algún afortunado. Pensé pues acabar con lo nuestro una mañana, empezé a besarla desde los pies a la cabeza, rememorando cada parte de su cuerpo, después la toqué con lentitud, con frenesí hasta que ella se retorció de placer y llegó al orgasmo. Me miró con ojos brillantes, sabia como yo que aquello habia llegado a su fin, me dedicó una última sonrisa y me besó jugando con su lengua dentro de la mia, poniéndome a cien. Decidí controlarme y nos vestimos con todo el tiempo del mundo, aun así ella decidió lamer mi miembro por última vez, e hizo que llegase por igual. Ya ha pasado un tiempo de eso, pero aun la recuerdo, sigo recorriendo la misma acera en donde me la solia encontrar, aquellas noches cuando solia hacer un streptease moviendo lentamente sus caderas, y se movia de arriba a abajo, provocándome, recordaré su forma de lamerse los labios cuando comia un helado de chocolate o estaba a punto de alcanzar el climax. El autobús parece vacío sin ella, y aun me resulta extraño entrar en el portal y no verla aparecer, tumbarme en la cama con las sábanas aun calientes y oliendo a ella. Levantarme solo, sin el roce de un mecho suyo en mi mejilla y su aliento dandome los buenos dias mientras se subia encima de mi, dispuesta a un festin de caricias y juegos. Ana, mi siempre ella, la fruta prohibida, el veneno mordido en mi piel.
Arácnida.