Visitas de viciosill@s

miércoles, 9 de marzo de 2011

Sudor Limpio


Inocentes y tumbadas, llevábamos hablando toda la mañana en el césped que tenía mi tía alrededor de la piscina, casi todas las primas, algunas de las cuales venían de otra provincia. Ahora antes de la comida era el momento del agua. Un baño rápido y a secarse para comer. Algunas solo nos duchábamos. El bañador del año anterior me quedaba pequeño, pero para estar en casa servía. Además noté como algunas de mis primas me miraban de una forma poco usual y reían entre ellas. Fue la primera vez que después de comer me dijo mi hermana que ya era mayor, que podía subir con ellas a echar la siesta. Una vez que entramos, jugando, se cerró la puerta. Empezaron a bailar y me di cuenta que ese día faltaba una para estar todas emparejadas, por eso me invitaron. Al entrar pusieron música y tarareando las canciones se fueron haciendo parejas, más o menos previsibles.
La prima más lejana, que no venía a todas las reuniones, me miró con candor invitándome a bailar. Yo en mi inocencia acepté con una sonrisa. Empezamos todas a bailar con los bikinis puestos, pero algunos con el roce intencionado, otros quitados con más o menos disimulo, comenzaron a caer. Los bailes se hicieron más cercanos, todas se achuchaban y acariciaban como veíamos que hacían en la tele las parejas de protagonistas. Cada una pensábamos que éramos la heroína de una intensa historia de amor. La única diferencia es que allí no había hombres, pero en ese momento ¿quién los necesitaba?. Para lo que estábamos haciendo, casi mejor chicas solas. Los cambios de canción, correspondían con cambios de pareja. Cuando me tocó con mi hermana, descubrí una complicidad con ella que hasta entonces no había tenido. Ese olor primero a cloro y luego a sudor limpio, se metían en mi cuerpo excitándolo de una manera desconocida para mi. No se trataba de hacer parejas, era buscar el goce, en lugar de solas, en compañía, era  solo dar y recibir placer. No teníamos prisa, teníamos toda la siesta para disfrutar, tampoco teníamos la presión masculina de satisfacer y ser satisfecha, era solo placer entre seres inocentes que buscaban disfrutar.
Me extrañaron las diferentes formas de llegar al clímax; desde el lento suave y prolongado de la dueña de la casa, pasando por el de picos de sierra de la más grande de las primas; una sucesión lenta de espasmos, de movimientos descontrolados, que le dejaron una cara de placer y luego de paz, hasta el mío, que descubrí distinto en compañía que en soledad.
Como era nueva, me cambiaron de pareja hasta que casi no me podía mover, de lo tensa que estaba, deseando lo que vendría y entregándome cada vez con más intensidad, hasta que consiguieron sincronizar mi clímax con la eyaculación de orina que salía a la vez y mis gritos de placer. Sus caras de envidia y lascivia descarada impedían que terminara de sentir, pues al verlas, volvía a remontar en un clímax cíclico e ignorado hasta entonces por mí.
Después de la siesta, bajé a la piscina  y respiré con ansia el cloro del ambiente, olí mi piel aun sin lavar y noté que estaba otra vez preparada. Desde aquel día me gusta el olor del sudor limpio.

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